Desde hace mucho tiempo atrás, el Gobierno se ha moldeado al Estado, se lo ha asumido y re-convencido, de que el Estado es él. Y como todo tiene costo, el costo es la adopción (en calidad de hijastros mal habidos, pero necesarios) de las mismas conductas del Estado neoliberal. Los sacrificados son los valores y principios de los movimientos sociales e indígenas.
Se los ha sustituido por la "tecnocracia", la "burocracia" y el "conductismo" liberal. Por ejemplo, decir a los movimientos populares o indígenas, que los ha llevado al poder, de que "los bloqueos" perjudican al país, o pretender justificar con los "números", las promesas incumplidas, es como dice Alain Badiou, "el número… es el fetiche de los tiempos actuales, es porque donde falla lo real el número ciego ocupa su lugar". El Gobierno, cuando incumple promesas, encuentra números. Además, ataca a los interpoladores colectivos e individuales, con recursos usurpados de los propios movimientos sociales, el "discurso".
Al respecto, dirá Patricio Guerrero, que el poder tiene la capacidad de expropiar, despojar y apoderarse de lo ajeno. En este caso, el Gobierno usa el mismo discurso de los movimientos, para el ataque efectivo.
Finalmente, el rejuego de los movilizados consiste, en planificar y ejecutar el paro con practicidades populares de "independencia" sindical. A la vez, tratar de reactivar las estrategias de lucha que habían tumbado a los gobiernos neo-liberales (2000-2005).
Los de Potosí, tuvieron un inicio exitoso en sus movilizaciones, los marchistas del Tipnis, también. Pero el que merece ajustes y análisis, es lo de El Alto, aunque ha logrado parar el transporte al interior del país. Y el Gobierno tendrá que recapacitar en la forma de encarar los conflictos sociales, sin soberbias.
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