sábado, 26 de julio de 2014

Bolivia al paso de Brasil (quizá sin saberlo)

Supongamos por un mísero instante que no todo lo que hace el Gobierno es perfecto. Con ese lente, examinemos cuán funcional es para Brasil la política boliviana, incluidas sus zapateadas antiimperialistas. 
Para no recibir aplausos por error, advierto que no soy de los que sahumean contra el Brasil. Brasil es una potencia; parte de nuestro destino es ser su vecino y proveedor (ojalá que con opciones, además de la brasileña). Más que brujerías o desplantes, hace falta una relación sana con Brasil, que amplíe nuestros beneficios y autonomía, sin resignarnos a ser débiles.
Para eso, si el poder propio no nos basta, convendría usar las disputas ajenas. Por ejemplo, la rivalidad de Brasil y Estados Unidos,  con Bolivia viene del siglo XIX, pasando por la Guerra del Acre. Brasil quiere a Estados Unidos fuera de su corral.
Lejos de explotar esas discordias, Bolivia ha dado todos los golpes posibles -en lenguaje diplomático- al antiguo patriarca, el Tío Sam. Un freno a la intrusión estadounidense en Bolivia era imprescindible por razones hasta psicológicas. No obstante, esa etapa ya acabó. El Gobierno se ha atascado en ella porque sus bravatas alimentan su imagen "corajuda” en su electorado. 
Las peleas sin sentido no amplían la autonomía nacional. El acuerdo que promovió el canciller Choquehuanca con EEUU, firmado el 2011, era el embrión de una nueva estrategia, que el Gobierno abortó. 
El nacionalismo antiimperial no está mal, siempre que no sea mero instrumento para lograr apoyo interno, renunciando a la arena internacional para que sólo la influyan los demás. 
Otros países expresan una idea menos escolar que la nuestra, acerca de los poderes regionales. El Gobierno prefiere pensar que la Alianza del Pacífico (AP) es un elenco de "neoliberales”. Por mala suerte, la AP no es sólo un simposio "neoliberal”: apunta también a equilibrar el poder brasileño, con la simpatía estadounidense. 
En enero, los presidentes de Colombia y México casi lo confesaron, aludiendo a Brasil, al afirmar: "(la AP) no es una alianza para competir con nadie, para molestar a nadie, excluir a nadie, es una alianza, más que un acuerdo comercial, porque vamos a integrarnos”. Después, Bachelet y su canciller visitaron a Obama y a Kerry para quejarse de la demanda boliviana. No lo hicieron con Brasil; no por cipayos, como dicen aquí muy orondos. Colombianos y chilenos saben que su autonomía crece si, sin pelear con Brasil, flirtean con sus contendores.
Si la AP le da arcadas al Gobierno (lo que es legítimo), jugar cartas con los amigos del ALBA no es todo lo que le queda. Sobre todo si considera que es Brasil el que intenta guiar las transiciones cubana y venezolana, con sus empresas -con contratos y obras- y el "compañero Lula” como avanzada. El ALBA no sirve para aumentar el poder boliviano. El Gobierno irrita a Brasil en las formas, pero su política internacional le es inofensiva y funcional.  
Una opción menos light que jugar cartas o fútbol en Caracas, es imitar a los héroes del MAS. Lenin, por ejemplo, hacía competir a las potencias occidentales, después de asaltar algunas de sus embajadas en Petrogrado. Eso no impidió que Occidente redimensionara luego sus relaciones con el nuevo poder ruso, por interés. 
La dinastía norcoreana me causa más alergia que enamorarse como imberbe de Lenin, pero Kim Il Sung era un maestro en jugar con China, Rusia y Estados Unidos, cuyos disensos utilizó en la Guerra de Corea. Y entre nosotros, Ovando estimuló las relaciones con la URSS, pese a que tenía la pata del Tío Sam en el cuello. Ahora, Putin va al Brasil y su canciller a Chile, no a Bolivia.
Bolivia no necesita elegir un amo, pero sí espabilar su perspectiva. En vez de engolosinarse con sus atrevimientos, el Gobierno haría bien en leer a los nuestros y proceder, en las relaciones internacionales, como Tamayo suplicaba para temas más grandes: "(ser) más razonables, más comprensivos y -digamonos sin escrúpulos- más sabiamente egoístas, bajo el punto de vista de la nacionalidad”.


Gonzalo Mendieta Romero 
es abogado.
  El Gobierno  haría bien en leer a los nuestros y proceder, en las relaciones internacionales, como Tamayo suplicaba para temas más grandes.

Fuente : Pagina Siete

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