Mientras que el líder de Al Qaida pasó los últimos años de su vida prisionero tras los muros y el alambre de púas de su mansión en Abbottabad antes de ser abatido, el dictador libio vivió hasta su muerte oculto en algún rincón de su ciudad natal huyendo del asedio rebelde
Osama Bin Laden, el terrorista más buscado del mundo, vivió sus últimos cinco años casi como un prisionero, detrás de los muros y el alambre de púas de su casa en Abbottabad. El final de su vida se consumió en prácticas oscuras y asuntos domésticos, muy pendiente de la televisión e ideando nuevos planes para el caos mundial. Las últimas imágenes del hombre que aterrorizó a Estados Unidos tras los ataques del 11-S corresponden a vídeos encontrados en su hogardonde, algo pálido, ensayaba ante la cámara sus mensajes de condena y amenaza al pueblo norteamericano. Los vecinos cercanos a su guarida dijeron que nunca le vieron salir ni sospecharon de que en esas cuatro paredes, encerrado, se encontraba el hombre más perseguido por Occidente.
Gadafi también vivió sus últimos días casi sin poder ver la luz del día, oculto en algún rincón de su ciudad natal, huyendo del asedio rebelde al último bastión de la resistencia gadafista. Tras la caída de Trípoli, el tirano retornó a Sirte para tratar de contener allí el avance de los opositores, poco antes de que estos comenzaran a teñir de verde todos y cada uno de los rincones del país. Al igual que Bin Laden, el dictador libio, creyó hasta su muerte en la victoria y arengó a sus fieles a seguir combatiendo contra las «ratas drogadas» que habían osado sublevarse hacía nueve meses. «Que haya una larga lucha y que Libia sea pasto de las llamas. No nos rendiremos. No somos mujeres. Seguiremos luchando», decía.
En su fe ciega, Gadafi decidió no abandonar su país, convencido de que el retorno al poder aún era posible. No hubo rastro de él tras la toma de Trípoli, pero igual que Estados Unidos sabía que Al Qaida no podría ser derrotada mientras Bin Laden estuviera vivo o en libertad, los rebeldes sabían que debían dar caza al lider libio para poder construir con sólidos cimientos un futuro democrático para el país. Por eso lo buscaron incansablemente por el laberinto subterráneo bajo su pasado residencial de Trípoli, un búnker con dormitorios climatizados, carritos de golf o máscaras antigás, hasta confirmar que el tirano no estaba allí.
Mientras que Estados Unidos siempre tuvo claro que Bin Laden debía estar escondido en algún lugar de Pakistán, los rebeldes libios, a pesar de las numerosas informaciones que situaban a Gadafi en la frontera con Níger y Argelia, e incluso en la Venezuela de Chávez, también eran conscientes de que el dictador podía estar escondido en Sirte. Por ello en las últimas semanas las fuerzas rebeldes cercaron la ciudad hasta hacerla caer en la madrugada de este jueves. Gadafi apenas tuvo tiempo para huir y, al igual que Bin Laden, fue acribillado por el enemigo del que se ocultaba hacía tanto tiempo y sin haber sido juzgado.
«Bin Laden es el enemigo»
Tras sus muertes, estallidos de júbilo. En el caso de Bin Laden, en occidente, en la Zona Cero de Nueva York, en el lugar donde diez años antes habría sembrado el terror derruyendo dos de los edificios más emblemáticos del mundo. En el caso de Gadafi, en Trípoli y en Bengasi, epicentros de una revolución que ponía punto y final a 42 años de un régimen totalitario y represivo.
Los dos líderes recurrieron al terrorismo contra Occidente, a pesar de ser enemigos íntimos entre sí. En algunos de esos últimos vídeos que grabó, Bin Laden mostró su apoyo a la «Primavera árabe» que por entonces ya había derrocado los regímenes de Ben-Ali, en Túnez, yMubarak, en Egipto. Mientras, en su discurso de febrero, Gadafi culpó al líder de Al Qaida de la revuelta en su país, acusándose de distribuir drogas alucinógenas entre la población. «Bin Laden es el enemigo que os está manipulando». Paradójicamente, los dos han tenido un final similar
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