sábado, 31 de enero de 2015

Otra historia de Bolivia

“La oligarquía se proponía “arrancar estos terrenos de manos del indígena ignorante, o atrasado, sin medios, capacidad o voluntad para cultivar, y pasarlos a la emprendedora, activa e inteligente raza blanca”
La historiografía republicana abunda en “historias de Bolivia” llenas de fastos heroicos, de fechas de batallas y de descripción del poder, pero no de la vida cotidiana de nuestros pueblos. Ya Gunnar Mendoza criticó la tendencia a escribir historias generales cuando debería procederse al estudio histórico de cada región; y si nos remontamos más, hallaremos un verso lapidario de Franz Tamayo dirigido a Alcides Arguedas, el historiador oficial de la oligarquía boliviana: Tu historia son historias/tu cuenta cuentos…
A este problema se refiere Silvia Rivera Cusicanqui en Oprimidos pero no vencidos, lema del movimiento katarista, cuando describe la historiografía triunfante como ajena por completo a la “visión de los vencidos”, a la “nación de abajo”. Este trabajo es importante para conocer los sucesivos despojos que sufrieron las comunidades del altiplano; y hay un trabajo de Alberto Rivera, José Gordillo et al, que titula Pitaj Kaipi Kamachik, Quién manda aquí, en el cual se elabora cuadros sobre los propietarios de haciendas en los valles cochabambinos que llegan a las 70.000 hectáreas y algunas de ellas todavía persisten.
Es conocida la insistencia de Rivera Cusicanqui en la memoria larga, que se remonta a la rebelión de Túpac Katari y la memoria corta, a la revolución de 1952 y la reforma agraria de 1953, y los numerosos estudios que se han efectuado sobre el ciclo de rebeliones de 1899, de 1910 a 1930 y de 1947, que tuvieron por escenario Achacachi, Pacajes, Caquiaviri y Ayopaya, en un proceso que se remonta a 1866 con Melgarejo, que se recicla en 1871 con Tomás Frías y se expresa en la traición de Pando a Pablo Zárate Willka, a quien debe el triunfo de la revolución federal por la actitud decidida de las masas indígenas del altiplano, que luchan por su propio proyecto autonomista. La propia Silvia Rivera dice, sin embargo, que una de las limitaciones de su trabajo es su desconocimiento y ausencia de estudios sobre el oriente del país.
Afortunadamente ahí están los trabajos de Jurgen Riester y, en particular, dos libros que reseñamos en esta nota: Daniel Campos, “De Tarija a la Asunción. Expedición boliviana de 1883”, Ed. El País, Santa Cruz, 2010, 277 pp., y Óscar Tonelli Justiniano, “El caucho ignorado”, Premio Nacional Serrano de Investigación en Historia 2009, Ed. El País, Santa Cruz, 2010 327 pp.
A su paso por el Gran Chaco rumbo a Asunción, Daniel Campos señala varias tribus y apunta a tres orígenes: los Tobas, los Matacos o los de la Tribu del Palosanto Grande y los Chiriguanos. Entre los primeros están: Tapietes, Orejones, Churupíes y Gualambas; entre los segundos están: Mataguayo, Guai-curú, Poreromo y Gotonoso; y entre los terceros, Güisnay, Payagua y Chorotí. Es el primer ejercicio de etnografía de la región y, en la descripción que hace de estos pueblos, describe varones de estatura elevada y recia complexión, así como mujeres altas y vigorosas aunque critique su compulsión por los tatuajes.
Campos enumera los peligros que se ciernen sobre los pueblos originarios: “Si alguna vez hostigados por sus necesidades, o cediendo a los impulsos de una existencia mejor, se han presentado a un centro cristiano ¿qué les ha sucedido? O se han apoderado de ellos, como de bestias de trabajo, los estancieros, dueños de ingenios azucareros, y abusando cruelmente, los han obligado a internarse de nuevo a sus bosques; o los han arreado a una reducción de misiones cristianas, donde su existencia ha sido más insoportable todavía que en casa de los estancieros”. Campos se pregunta: “¿Qué piden?” Y responde: “Nada, otra cosa que se les deje en paz por los explotadores sean quienes fueren.”
Tal como cita Rodríguez Ostria en un trabajo temprano, la oligarquía se proponía “arrancar estos terrenos de manos del indígena ignorante, o atrasado, sin medios, capacidad o voluntad para cultivar, y pasarlos a la emprendedora, activa e inteligente raza blanca, ávida de propiedades, es efectivamente la conversión más saludable en el orden social y económico de Bolivia. Exvincularla, pues, de las manos muertas del indígena es volverla a su condición útil, productora y benéfica a la humanidad entera; es convertirla en el instrumento adecuado a los altos fines de la Providencia.”
El autor es cronista de la ciudad
Fuente : Los Tiempos


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